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Más allá del déficit fiscal

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Los números son fríos y a veces sólo reflejan un una parte de la realidad. Muchas veces, ni siquiera los políticos saben utilizarlos en su favor, sino que se sólo fijan sobre ellos en su afán de especulación para atacar a los rivales. Pero también es verdad que muchas veces hay que analizarlos para poder ver la otra mitad del vaso, la llena o la vacía, según la mitad que estemos acostumbrados a ver.

Sin ánimo de justificar a oficialistas u opositores, la mayoría analiza el déficit fiscal desde su orilla y solo observa las cifras en rojo, aunque debemos tomar algunas consideraciones. Los fríos números dicen que los ingresos impositivos se redujeron un 17,1% en 2009 y elevaron el déficit estatal al 9,49% en el conjunto del año, hasta los 99.785 millones de euros.

Según publica Europa Press, el balance del Estado en 2009 es el resultado de unos gastos que se situaron en 205.714 millones de euros en 2009 (+24,1%), mientras que los ingresos no financieros alcanzaron los 105.929 millones (-21,6%).

En términos de caja (ingresos y pagos que efectivamente se han realizado), el Estado presentó en 2009 un déficit de 87.281 millones, frente al saldo negativo de 18.747 millones de 2008.

La recaudación neta de 2009 ascendió a 162.460 millones de euros, un 13,9% menos que un año atrás. Los ingresos impositivos, que representan el 90% del total, retrocedieron un 17,1% por el impacto de la crisis económica. En concreto, la recaudación por impuestos directos fue de 87.521 millones (-14,2%), mientras que la recaudación por impuestos indirectos alcanzó los 55.661 millones (-21,2%).

Pero lo que los ciudadanos deben analizar es que en épocas de crisis como esta, el déficit fiscal es una realidad. No existe un Estado que se de el lujo de tener superhávit en medio de una de las catástrofes económicas más importantes de los últimos tiempos.

Pero además, creo que el debate debe ser en qué se gasta el presupuesto y como porque cuando la soga aprieta el cuello el Estado debe hacerse presente y ayudar a la ciudadanía. Es decir, el Estado, debe endeudarse si la finalidad es apagar un incendio, pero después debe ser capaz de reforestar el bosque cuando las cenizas se apagan.

Mi teoria sostiene que el Estado debe participar activamente en las situaciones que los privados no arriesgan. Esto es en todos los ordenes de la vida de un país, y por eso suele arrojar déficit, y tiene la obligación de llegar a todos sus habitantes, con medidas que generalmente no conllevan beneficios financieros, pero si sociales.

En una crisis el Estado debe financiar obras públicas, generar políticas de empleo, subsidiar a quienes lo han perdido, bajar los impuestos para aflojar la cuerda. Y todo esto genera indefectiblemente déficit, porque se recauda menos de lo que se gasta, pero en estas situaciones es necesario.

Por eso el déficit estatal es, nos guste o no, una realidad, la cuestión radica en comprender en qué situaciones es una consecuencia de una situación difícil, y cuando es un vicio de la incapacidad de las instituciones y de sus hombres.

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